A partir del 30 de diciembre, Brasi entrará en un periodo de inactividad y no aceptará nuevos pedidos. Esta pausa llega tras una situación difícil de comprender: una empresa que factura más de cinco mil millones de euros al año ha logrado en los tribunales el derecho de bloquear nuestra web durante las retransmisiones de fútbol nacional.
Según su argumento, “alguien en internet” podría vulnerar sus derechos, y eso basta para que negocios pequeños e inocentes queden atrapados en el fuego cruzado. La desproporción habla por sí sola.
Fundé Brasi en 2023 con muchísima ilusión. Quería crear una marca de lencería diferente y, al mismo tiempo, vivir en primera persona lo que significa emprender. Estaba preparado para perder dinero, para trabajar más de veinte horas al día si hacía falta. Lo que no esperaba era enfrentar tantos obstáculos injustos, uno detrás de otro.
Durante los primeros meses, la web sufrió repetidos ataques de DDoS procedentes principalmente de Rusia y Estados Unidos. Eran ataques que dejaban la tienda caída durante horas. Para poder seguir operando, tuve que recurrir a Cloudflare, un servicio utilizado por millones de webs en todo el mundo, desde pequeños negocios hasta grandes empresas.
Y aquí está lo más injusto: no cometí ningún error al usar Cloudflare. No fue una mala decisión técnica ni un problema por usar el plan gratuito. Da igual si pagas o no: todas las webs protegidas por Cloudflare pasan por los mismos rangos de IP que esta corporación exige bloquear cuando hay fútbol nacional.
En otras palabras: primero tuve que protegerme de ataques externos, y después tuve que asumir que esa misma protección sería usada en mi contra. Mi web no se bloquea porque yo haya hecho algo mal, sino porque se bloquean rangos completos sin distinguir entre webs piratas y webs legítimas como la mía.
En paralelo, he podido comprobar lo desconectadas que están las administraciones públicas de la realidad del pequeño empresario. La sensación constante es que nadie quiere asumir responsabilidad: se pasan el problema de un departamento a otro, sin implicación real y sin voluntad de ayudar.
Ser un pequeño empresario en España significa aceptar que, día tras día, vas a ser pisado por grandes organizaciones que juegan con reglas diseñadas a su medida. Saben que un negocio pequeño no tiene el músculo financiero ni el respaldo institucional para defenderse. Tenemos un problema serio como país: no faltan ganas ni esfuerzo, faltan reglas justas.
La lencería es un producto íntimo. En productos como los sujetadores, las devoluciones pueden llegar al 30%, no por defectos, sino por problemas de talla. Hay decenas de combinaciones entre copa y contorno, y cada marca talla de forma distinta.
Para garantizar que cada clienta recibiera un producto completamente nuevo, tomé la decisión de no aceptar devoluciones por motivos de higiene y salud. Además, los gastos de envío y devolución son mucho más altos que los márgenes de cada venta.
En los grandes marketplaces, la situación es aún más complicada. Sus políticas permiten devolver prácticamente cualquier cosa. En teoría, la lencería solo puede devolverse si “no se ha probado sobre la piel”, pero en la práctica basta con afirmarlo.
Intenté reducir pérdidas comprando un dispositivo UV 365 para detectar restos de uso, pero incluso así, si el cliente reclamaba, el marketplace devolvía el dinero igualmente.
Incluso cuando existen programas que, en teoría, permiten que el cliente pague el envío de vuelta, no siempre se aplican de forma coherente. En mi experiencia, si el cliente reclamaba, se me exigía asumir el coste igualmente. Si no lo hacía, se reembolsaba el 100% y el producto quedaba en manos del cliente.
Así, en ventas donde esperaba ganar 3 euros, terminaba perdiendo más de 20 euros entre producto no recuperado, gastos de envío y artículos usados que ya no podían volver a venderse.
Existen programas que supuestamente protegen al vendedor, pero su funcionamiento es impredecible: casos idénticos reciben respuestas diferentes y recuperar el dinero se convierte en una lotería. Incluso cuando no hay margen de duda —como cuando recibes literalmente una piedra en lugar del sujetador enviado—, los reembolsos ofrecidos no siempre cubren los gastos básicos.
Antes de cerrar esta etapa, quiero dedicar unas palabras a una persona en particular. Durante más de un año he recibido más de 300 reseñas y mensajes suyos, muchos escritos con un tono muy duro, por no haber aceptado la devolución de su compra.
Compró una talla española esperando una talla europea, algo que entiendo perfectamente: equivocarse de talla es normal, especialmente en lencería.
Quiero desearte mucha paz. Y también quiero que sepas algo: habría asumido sin problema la pérdida de esa venta. No era una cuestión económica. Pero por la forma en la que me hablaste, por los insultos y por el esfuerzo constante de hacer daño, no podía hacer un favor a alguien que me trataba así.
Ojalá encuentres tranquilidad. Te deseo lo mejor, sinceramente.
A pesar de todas las dificultades, me quedo con lo más bonito: cada persona que confió en Brasi, cada mensaje amable, cada pedido preparado con cariño. Este proyecto me ha dado más de lo que imaginaba.
Esta pausa no es un adiós. Es un “hasta luego” lleno de esperanza, aprendizaje y ganas de volver con más fuerza y claridad.